jueves, 16 de julio de 2026

La casa donde los personajes de Mingote salen al balcón

En Madrid hay edificios que se contemplan. Y hay otros que hay que descubrir. La llamada Casa de Mingote pertenece a esta segunda categoría.

Madrid tiene la extraordinaria capacidad de esconder pequeños tesoros a plena vista. A menudo caminamos con prisa, pendientes del siguiente semáforo o del escaparate de turno, sin reparar en que, unos metros por encima de nuestras cabezas, la ciudad nos está contando una historia.

Eso ocurre en la plaza de Cristino Martos, junto al barrio de Conde Duque.

Allí se alza un edificio que muchos conocen como la Casa de Mingote, aunque nunca fue la vivienda del reconocido dibujante. Su singularidad reside en algo mucho más original: la fachada está habitada por los personajes que Antonio Mingote imaginó durante toda una vida.


Basta con detenerse unos minutos y levantar la vista para descubrir caballeros, damas, soldados, personajes castizos y escenas llenas de humor que parecen asomarse a los balcones o conversar desde las ventanas.

La intervención se realizó a principios de los años noventa como homenaje al artista y constituye uno de esos ejemplos de arte urbano que se integran con tanta naturalidad en la arquitectura que terminan formando parte del paisaje cotidiano. Quizá por eso muchos madrileños y visitantes pasan junto a ella sin advertir que están contemplando una de las fachadas más originales de la capital.





La próxima vez que pase por la plaza de Cristino Martos, haga una pausa.


















Levante la vista.

Es posible que se encuentre con una dama saludando desde un balcón, un caballero vigilando la plaza o alguno de esos inconfundibles personajes de Mingote contemplando, con una sonrisa cómplice, el incesante ir y venir de los madrileños.









Porque, en Madrid, a veces los mejores museos no tienen puertas: simplemente ocupan la fachada de un edificio por el que llevamos años pasando sin darnos cuenta.




Además puede verse también una placa dedicada al dibujante, recordando el afecto que Madrid siempre le profesó. Es un detalle discreto, como lo es el propio edificio, que no busca convertirse en un gran monumento sino sorprender a quien se toma el tiempo de mirar.

Quizá ese sea el verdadero encanto de esta casa. No figura entre las visitas imprescindibles de las guías turísticas, ni suele aparecer en los itinerarios habituales. Sin embargo, representa a la perfección esa otra cara de Madrid formada por rincones inesperados, pequeños homenajes y curiosidades que esperan pacientemente a ser descubiertas.

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