MUSEO EGIPCIO DE TURÍN
Fundado oficialmente en 1824 por el rey Carlos Félix de Saboya, es el más importante después de el Cairo
Su origen se remonta a 1724 con la colección de la Universidad, enriqueciéndose con las adquisiciones de Vitalino Donati (1760) y, crucialmente, la vasta colección de Bernardino Droyetti
UN
DÍA DE LA VIDA EN EL MUSEO EGIPCIO DE TURÍN
Me
habían dicho que el Museo Egipcio de Turín es uno de esos lugares que se quedan
en la memoria de los visitantes…
Recuerdo
perfectamente el momento en que crucé por primera vez las puertas del Museo
Egipcio de Turín.
Había
algo en el aire, una mezcla de historia y misterio, que me erizó la piel antes
incluso de ver la primera vitrina.
Avancé
despacio, casi con reverencia, como si cada paso pudiera perturbar el descanso
de los siglos.
Las
estatuas me observaban con esa serenidad imperturbable que solo el arte
milenario puede transmitir.
Me detuve frente a un rostro tallado en piedra: sus ojos, vacíos y eternos, parecían contener secretos imposibles de descifrar.
Lo
que más me sorprendió fue la cercanía.
No
era solo un museo; era un diálogo directo con una civilización que, aunque
desaparecida, sigue profundamente viva en cada objeto.
Las
vitrinas no eran barreras, sino ventanas hacia otro tiempo.
Me incliné sobre papiros delicados, imaginando las manos que los habían escrito, las historias que habían viajado a través del Nilo.
En
una de las salas, rodeada de sarcófagos, sentí una mezcla extraña de
fascinación y respeto.
Había
belleza en la muerte, en la forma en que los antiguos egipcios concebían el más
allá. Sus colores, aún vibrantes, desafiaban el paso del tiempo con una
dignidad conmovedora.
Me descubrí sonriendo sin darme cuenta, como si estuviera compartiendo un secreto con cada pieza. Era una emoción silenciosa, íntima, que solo surge cuando algo nos transforma sin hacer ruido.
Pensé
en lo lejos que estaba de casa y, al mismo tiempo, en lo conectada que me
sentía con algo universal.
A
medida que avanzaba por las salas, el tiempo parecía diluirse.
Perdí
la noción de las horas, atrapada entre dioses, rituales y símbolos.
Cada rincón ofrecía una nueva historia, una nueva pregunta. ¿Quiénes fueron realmente? ¿Qué sentían, qué temían, qué soñaban?
Cuando
salí estuve muchas horas penetrando en secretos de tiempo antiguos, en
habitaciones que escondían imágenes que solo la mente eterna de la humanidad
puede descifrar…
Vuelvo
a mi país pero sé que parte de mi alma se quedó en ese Egipto milenario y
faraónico, espléndido y tremendo…
Con
su adoración a la muerte a través de la vida y su amor a la vida a través de la
muerte…
Esa
contradicción tan humana y tan brutal …
Tiempo
de soñar… con Egipto…








































































