DE
PASEO POR EL BIERZO
(Con
Madrizenimagenes)
De
la mano —y la mirada— de Carlos de Luna Béjar, nos adentramos en el
Bierzo, esa comarca leonesa que parece hecha de piedra, niebla y memoria. Aquí,
cada pueblo cuenta su historia entre montes, valles y silencios antiguos.

MOLINASECA
El Camino de Santiago cruza por Molinaseca y deja en sus calles empedradas la huella de miles de peregrinos. El puente medieval sobre el río Meruelo da la bienvenida a un pueblo que parece detenido en el tiempo, con balcones floridos y tabernas que invitan a quedarse. Molinaseca es, más que un destino, una pausa luminosa en medio del viaje.
Al norte, en el valle de Fornela, el Castro de Chano guarda la memoria de los antiguos astures. Sus cabañas circulares se asoman a la ladera como si aún vigilaran el valle, testigos de una vida sencilla, entre la tierra y el fuego. Allí, el tiempo se mide en piedra, y la historia respira entre el musgo y el viento.
Entre los montes Aquilianos, Peñalba de Santiago se alza como un secreto bien guardado. Las casas de piedra y tejados de pizarra se agrupan alrededor de su iglesia mozárabe, una joya del siglo X que resiste al tiempo como una oración tallada en la roca. Fue refugio de monjes y anacoretas, escenario de la llamada Tebaida leonesa, y hoy sigue siendo un lugar donde el silencio tiene ecos de fe y de montaña.
En Las Médulas, la tierra se tiñe de rojo bajo la luz del atardecer. Lo que fue la mayor mina de oro del Imperio romano es hoy un paisaje casi sobrenatural, un poema tallado por el hombre y moldeado por los siglos. Pasear entre sus montañas huecas y castaños centenarios es adentrarse en una herida bella: la huella del tiempo sobre la tierra.
Y, más allá del Bierzo, en la Maragatería, Castrillo de los Polvazares conserva intacta la nobleza de la piedra. Sus calles empedradas conducen entre casas rojizas de aire señorial, testigos de un pasado de arrieros y caminos. Aquí todo parece hecho para caminar despacio, para escuchar el sonido de los pasos y el murmullo de la historia.
En
cada rincón del Bierzo —de las montañas de Peñalba al oro dormido de Las
Médulas, del eco astur del Castro de Chano al rumor de los ríos en Molinaseca,
hasta la piedra rojiza de Castrillo— la cámara de Carlos de Luna Béjar
captura no solo paisajes, sino el alma callada de una tierra que sigue latiendo
entre historia y silencio.







































































































